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UnEs como nadar: a todos nos gusta hacerlo pero si no paramos
es inevitable el cansancio; lo mejor en esos momentos es un banco de arena donde
hacer pie un rato, para después seguir", dice Belén Harilaos (36). Belén es
musicoterapeuta y trabaja, también, como docente: "Siempre organizo mi año
laboral dejando espacios libres. Una o dos mañanas por semana, alguna tarde, me
liberan la mente y trabajo más distendida". Durante esas horas Belén baja música
de Internet, sale a correr, va a alguna clase de baile o se queda en su casa.
"No quiero que ese tiempo que tengo para mí se convierta en algo estructurado ni
impuesto –explica–; es como un respiro que me permito en medio de la semana."
¿Culpa por no estar trabajando, haciendo algún curso, aprendiendo algún idioma?
"No. Culpa sentiría si no me dedicara ese tiempo a mí misma", dice.
El ocio
La posibilidad de disfrutar de tiempo no estructurado, sin
agendas ni programas previos; como diría Osías, "tiempo de jugar que es el
mejor". Hoy los especialistas han jerarquizado el concepto y hablan de "ocio
creativo". Pero no se trata de ninguna novedad, es sabido que a lo largo de la
historia, grandes descubrimientos e inventos se han llevado a cabo durante ese
tiempo ajeno a las obligaciones y al trabajo. Desde aquella mítica manzana que
observó Newton mientras tomaba un té, hasta el descubrimiento de la penicilina
que hizo Fleming luego de unas largas vacaciones. Y por supuesto, mucho más
atrás en el tiempo, el ocio fue el padre de las grandes teorizaciones griegas.
"Para ellos –explica Roxana Kreimer, doctora en ciencias sociales y autora,
entre otros, de Artes del buen vivir (Paidós) y El sentido de la vida (Longseller)–,
el hombre libre era el que disponía de su vida para disfrutar de actividades que
son un fin en sí mismo; es decir, que no se desarrollan sólo a cambio de dinero
y que hacen plena la vida." Hacer algo por el simple placer de llevarlo a cabo,
sin ningún tipo de retribución económica, presión, exigencia o ambición. Algo
gratuito y sin finalidad como tejer, sin el apuro por ver el producto terminado,
concentrados sólo en ese trabajo manual y en el ejercicio de liberar la mente
del ruido circundante.
Porque sí
"Si toco el piano sólo para hacerme famosa, esa actividad no
será un fin en sí mismo y, según Aristóteles, me dará menos satisfacción que
otras que sí lo sean –explica Kreimer–. La ciencia contemporánea corrobora esta
intuición del filósofo griego: nuestra vida es más feliz si procuramos
desarrollar muchas actividades que sean fines en sí mismas".
La idea no es salir corriendo a hacernos de un hobby sino emplear el tiempo
desarrollando alguna actividad placentera, por más mínima que sea. Según cuenta
Kreimer, se ha comprobado científicamente que lo gratificante para la mayoría de
las personas es ocupar el tiempo realizando algo que implique un nivel de
desafío óptimo (ni tan fácil como para que provoque aburrimiento ni tan difícil
como para que provoque frustración). Se trata de actividades que resultan
placenteras pero a la vez un poco exigentes, lo suficiente como para mantener la
atención cautiva, y que permiten a quien las vivencia perder la noción del
tiempo y la autoconciencia y pasar a ser uno con la actividad. El psicólogo
húngaro Mihály Csíkszentmihályi describió este fenómeno y lo bautizó fluir,
destacando como característica definitoria el placer intrínseco de la actividad,
sin fines ulteriores.
Por supuesto, la ecuación perfecta sería hacer que ocio y trabajo dejaran de ser
palabras antagónicas. Que el trabajo se convirtiera en ocio creativo y promotor
del pensamiento. Lamentablemente, para la mayor parte de la gente, esto no
sucede. Entonces, se espera con ansias la llegada de las vacaciones o el "día
libre". ¿Cómo hacer para disponer de tiempo ocioso en pleno siglo XXI? Porque,
coinciden las especialistas, aunque parezca mentira, es difícil pensar en hacer
algo por el simple placer de hacerlo, de dejarnos llevar. Apenas tenemos un rato
libre tendemos a ocuparlo en actividades que juzgamos productivas. Y esa
productividad se considera según cuán visibles sean sus resultados. Su valor de
intercambio. Así, aprender un idioma, leer un libro o hacer actividad física
suelen regirse por las mismas leyes que marcan el ritmo en el ámbito laboral. En
este marco, estar en casa un martes a la mañana –sin ir al gimnasio, sin
trabajar, sin hacer las tareas del hogar– puede ser sinónimo de culpa. "Si me
tomara días del trabajo, fuera de las vacaciones, sentiría culpa", confirma
Gustavo Núñez (40), abogado en un gran estudio.
La culpa, esa enemiga cotidiana entronizada por Woody Allen, es acaso el gran
rival del tiempo de ocio. "El ocio trae consigo un transcurrir diferente al del
tiempo laboral –explica Carola Martínez Mauro, psicóloga y docente en la
Universidad del Salvador–. Provoca una gratificación emocional y espiritual que
nada tiene que ver con un fin utilitario, y muchas veces es esto lo que nos hace
sentir culpables, pero hay que tener presente que el ocio es indispensable para
la salud mental".
Lógicamente, la culpa no aparece cuando se trata de vacaciones, ni del día
domingo, institucionalizado como jornada de descanso. Al ser un tiempo pautado,
queda fuera de discusión. Sí puede aparecer el miedo al aburrimiento, la
pregunta de qué hacer cuando no hay nada programado, el miedo al vacío.
Los riesgos de parar
También sucede que el tiempo libre invita a la introspección,
lo cual no siempre es bienvenido. Para Belén Harilaos, se trata de una
necesidad: "Es un tiempo que sirve para parar con el acelere y conectarse con el
silencio, con el ver como están las cosas de uno internas y externas, conectarse
espiritualmente", dice. Pero parar cuando nunca se para puede ser muy
movilizante: "En vacaciones suelen aparecer ciertas crisis que a lo mejor
durante el año están tapadas o escondidas detrás de las responsabilidades
familiares o laborales", explica Martínez Mauro.
Para escapar de ese vacío que angustia o da vértigo muchos terminan organizando
una "agenda de vacaciones", una suerte de agenda laboral bis. Para Gustavo hay
otro tema importante: la certeza de que los años pasan rápido y de que, aunque
no se trate de una ambición desmedida, aún está en la edad de producir. Para él,
parar de vez en cuando es sinónimo de perder el tiempo. "En este momento no
puedo darme el lujo de decir: 'Me tomo el día'. Ojalá pudiera, aunque no sé
exactamente en qué lo invertiría", dice. Para Gustavo, pensar en momentos de
ocio hoy es pensar en el tiempo que está con sus hijos. Lo cual no siempre
implica distensión. "Llego a casa y me pongo a armar un rompecabezas con ellos,
pero me cuesta desconectarme y pienso en el trabajo. ¿Quién no lo hace?",
agrega.
A pesar del estrés con el que muchas veces convive, Gustavo sabe de los
beneficios de tomarse un respiro: "A veces salgo del estudio y me doy una vuelta
por Plaza San Martín. Puede ser un ratito, media hora, no más, pero me despejo y
me ha pasado de encontrarle la vuelta a algún asunto lejos del escritorio". Y
cuenta algo curioso: el año pasado, durante el segundo día de vacaciones, una
crecida del mar los encontró distraídos a él y a su mujer: apenas pudieron
levantar a su hijo menor, que dormía plácidamente a la sombra. El agua se llevó
la mochila inutilizando el celular de Gustavo: "Fue como cumplir a la fuerza un
deseo: estar incomunicados durante varios días. Algo liberador".
Belén sabe que al priorizar sus mañanas libres resigna algunas cosas. Cierta
comodidad económica, por ejemplo. Y, paradójicamente lo que resigna este año es
lo que Gustavo espera desde hace meses: las vacaciones. "A diferencia del resto,
yo llego bien a fin de año –cuenta–; no llego agotada, porque en la semana tengo
como pequeñas vacaciones que me ayudan a lidiar con el estrés del trabajo".
Es que contar con momentos de ocio que no sean exclusivamente esos quince días
es fundamental. Para Martínez Mauro, nos permiten tener una mirada más amplia y
abarcativa del mundo interior y exterior y así descubrir nuevas posibilidades de
disfrutar la vida. ¿Cómo generar estos espacios? "En primer lugar –dice la
especialista– hay que descubrir cuáles son aquellas actividades que nos
gratifican; dejar espacios en blanco en medio de nuestra rutina diaria; vivirlos
sin culpa, con la certeza de que forman parte de un tiempo de recuperación
psíquica y física y animarnos a disfrutar".
Para el ensayista francés Roland Barthes el ocio era casi una forma de la
rebeldía. A rebelarse, entonces.
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