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Casi tres décadas después, aún recuerdo con una claridad abrumadora mi primera
vez en un albergue de la juventud. Lo que según mi libro de viaje era un
albergue “histórico” en un “castillo” irlandés resultó ser una torre que se caía
a pedazos sin calefacción, con pisos de piedra y colchones enmohecidos. En ese
momento, juré que nunca más me hospedaría en un albergue.
Sin embargo, luego de haber escuchado persistentes versiones acerca de cómo
habían evolucionado los albergues en los últimos años, conservando sus típicos
precios accesibles, decidí intentarlo nuevamente, sólo que esta vez en lugar de
ir con un atractivo mochilero, me llevé a mis hijas. Algo temerosa, fui al
albergue London Central.
“¿Nos van a dar sábanas y colchas, no?”, preguntó mi hija Harriet de 17 años.
“Por favor, decime que hay televisión”, dijo Florence, de 13.
“Por supuesto”, contesté, sin certeza. Pensé si no deberíamos estar vestidas con
poncho y mochila al hombro, en lugar de llevar la valija con rueditas.
Al llegar, nos encontramos frente a un edificio moderno y elegante con ventanas
de vidrio. Yo creí que tenía la dirección equivocada, a pesar de que había leído
que YHA Ltd. había invertido US$ 8,4 millones en renovar este albergue cerca de
Regent’s Park. Parecía demasiado bueno para ser cierto. ¿Dónde estaban las
paredes descascaradas? ¿Y la ropa mojada colgando de las ventanas? ¿Cómo era
posible que no hubiera un estudiante borracho desmayado en la entrada? En lugar
de todo eso, cuando entramos al hall principal, me quedé absorta admirando el
mapa luminoso gigante del metro londinense y a un hombre muy atractivo que salía
del ascensor con su maletín.
Me quedé shockeada al encontrarme con una habitación que parecía un catálogo de
decoración con sillones coloridos y mesas blancas.
Una de las paredes estaba decorada con fotos gigantes de imágenes típicas de
Londres: el buzón rojo, el cartel de Oxford Street, la cúpula de la Catedral de
St. Paul’s, etc. Colgados del techo, había varios televisores de pantalla plana
y uno de ellos pasaba la filmación de una fiesta en el mismo albergue. Florence
estaba fascinada. En un rincón, había un ciberbar muy bien equipado y moderno.
En mi época, la mayoría de los albergues no permitían el consumo de alcohol. Dos
mujeres mayores con peinados a la moda y anteojos rectangulares tomaban algo en
una mesa mientras que en otra, había una familia jugando a las cartas. No había
un solo poncho a la vista. La mayoría de la gente que estaba allí eran jóvenes
bohemios con jeans de tiro bajo a quienes no parecía importarles la presencia de
padres y abuelos.
Ibamos a pagar 89 libras la noche (US$ 140) por una habitación para cuatro
personas con baño privado. “Me encanta este lugar”, dijo Florence. En el mundo
de los albergues urbanos modernos, poco importa si tu habitación apenas cuenta
con una cama marinera, un baño sencillo (sólo una ducha) y un pequeño armario
sin perchas. Las habitaciones compartidas son minimalistas pero elegantes, con
sillones y mesas de tipo escandinavo.
Para compensar la carencia de comodidades, los albergues suelen contar con un
bar de estilo ecléctico, un ciber abierto las 24 horas, city tours grupales, DJs,
música en vivo y karaoke, cocinas para hacer su propia comida o un restaurante.
La idea es ofrecer a los viajeros oportunidades para socializar dentro del
albergue.
Los albergues en toda Europa han sufrido una importante transformación en la
última década. “El movimiento de albergues ha mejorado considerablemente”, dice
Johan Kruger, director de Comunicaciones de Hostelling International, un
consorcio de asociaciones de albergues para la juventud en más de 80 países que
opera más de 4 mil albergues. “Aunque en los albergues siempre ha existido el
dormitorio compartido, los viajeros cada vez más demandan habitaciones sencillas
o dobles con baño privado”, dijo Kruger. En 2008, Hostelling International
creció un 14%
“También hay una tendencia de personas en viajes de negocios que hoy se hospedan
en albergues”, especula Kruger y piensa que les atrae la parte social del
albergue a diferencia del ambiente más sobrio de los hoteles.
Según Duncan Simpson, director de Comunicaciones de YHA Ltd., una organización
de albergues juveniles en Inglaterra y Gales, afiliada a Hostelling
International, “hace 10 o 15 años se asociaba a los albergues con zonas rurales
en donde paraban caminantes y mochileros.
El nuevo proyecto de YHA en Londres (la renovación del albergue de St. Pancras a
un costo de US$ 1,5 millones) pretende apelar a otro mercado que ha crecido
significativamente: el familiar. Cuenta con habitaciones diseñadas para
familias, con Wi Fi en los salones comunes, un restaurante abierto desde las
7.30 am hasta las 10 pm y hasta cunas para bebés.
Tim Hierath, uno de los cinco dueños del albergue Circus en Berlín fundado hace
10 años, también ha notado un cambio de clientes: “Más allá de los estudiantes
mochileros, también recibimos a profesionales urbanos, familias, gente de
negocios e incluso mayores solitarios”.
El atractivo principal para la mayoría de los turistas es probablemente el
precio. Las habitaciones grupales con baño compartido cuestan desde 19 euros por
noche, mientras que una habitación individual con baño privado cuesta 50 euros.
Los departamentos de uno o dos ambientes cuestan 85 y 140 euros,
respectivamente.
Entonces, ¿cuál es la diferencia entre un albergue y un hotel barato? “Un
albergue es un lugar con espíritu comunitario”, dice Hierath. El ambiente
facilita que la gente se conozca, se hagan amigos y sigan viaje juntos. Los
empleados ayudan a los huéspedes a alquilar bicicletas y recomiendan tours de
lugares fuera de los circuitos habituales o incluso entradas para el teatro.
Los albergues urbanos son muy populares, pero cuando el movimiento comenzó hace
98 años, su objetivo era promover la exploración de zonas rurales. En 1912,
Richard Schirrmann, un maestro alemán, abrió el primer albergue en Burg Altena
en el valle del Rin –aún funciona–. En las dos décadas siguientes, se
construyeron 12 albergues más y se creó la Federación de Albergues Juveniles
(hoy Hostelling International), en 1932.
Por lo general, los europeos empiezan a alojarse en albergues desde muy jóvenes.
Las colonias de vacaciones son para niños de 11 a 18 años. Van a albergues
cuando terminan el secundario y luego, como yo, dejan de hacerlo. Sin embargo,
el año pasado, la mayor cantidad de reservas en la página de Hostelling
International provino de Estados Unidos.
En promedio, la asociación de albergues en Inglaterra y Gales recibe alrededor
de 35 mil estadounidenses al año, lo cual los convierte en el cuarto grupo más
grande después de los alemanes, los franceses y los australianos.
“Creo que la mayoría de la gente, cuando crece y gana más dinero, prefiere
quedarse en hoteles”, dice Linda, de 63 años. Para algunos, la seguridad es un
factor importante y los albergues son seguros, ya que las puertas cierran
después de cierta hora y siempre hay alguien en recepción las 24 horas. Según
Abbey Rose, de Chicago: “Cuando te quedás en un albergue, no te sentís sola”.
Sin embargo, algunas cosas nunca cambian. Luego del happy hour en Circus, los
huéspedes de treinta y pico empiezan a abandonar el bar, reviviendo sus años
mozos, tambaleándose por las escaleras. Es posible que los clientes sean
mayores, pero no más sensatos.
Mientras tanto, en Londres, mis hijas y yo estábamos acurrucadas en nuestras
cómodas camas marineras a las 11 de la noche después de cenar en Chinatown y de
caminar por Leicester Square. Charlábamos en la oscuridad, sin la televisión
interrumpiéndonos, y comencé a planificar nuestro próximo viaje, quizás a
Cracovia, en donde cada habitación del Albergue Deco tiene el nombre de una
actriz famosa o al Albergue Urbany en Barcelona, un albergue ecológico
recientemente inaugurado con una terraza para tomar sol, o al Oops!, cerca del
Barrio Latino de París, decorado con empapelados originales.
Las posibilidades parecen interminables. Prometí que nunca más me volvería a
hospedar en un hotel. Y aunque estoy segura de que en algún momento romperé esa
promesa, lo cierto es que en los tiempos que corren tiene sentido mantenerla.
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