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En enero no existen diferencias de clases sociales en Corrientes. Sólo el
chamamé es capaz de reunir a ricos y pobres, a los descendientes de guaraníes o
de las ex colonias europeas en un mismo espacio. Es el chamamé, también, el que
reúne a miles de personas en el Anfiteatro Tránsito Cocomarola, con el sapucay
de fondo, mientras consagrados y nuevas promesas musicales se multiplican sobre
el escenario. También el chamamé es capaz de llenar plazas públicas –lo hizo en
Plaza Vera, con gestión de Secretaría de Cultura de la Nación–, abrir museos con
su tradición a cuestas, difundir música en una peña nocturna al aire libre,
entre foquitos de colores, o en una bailanta orillera bajo el sol ardiente del
verano correntino. Dentro del marco de la XXI Fiesta Nacional del Chamamé, que
se desarrolló entre el 9 y el 16 de enero, sucedió esto y mucho más. Si para la
mayoría resultó tentador saborear una chipa m’ bocá (cocinada con un palo que
gira sobre el carbón encendido) con tereré bien helado para combatir el calor de
la noche en el Cocomarola, más inquietante fue para los gauchos beber vino tinto
cargado con hielos en una bailanta diurna.
Para llegar al Puente Pexoa, cuna del encuentro festivo durante el día, hay que
alejarse 20 kilómetros de la capital. Tras un largo trayecto sobre camino
ríspido, que también cuenta con un paisaje selvático cargado de árboles y de
monos gritones, está Riachuelo, una pequeña localidad en la que se desarrolló la
fiesta gratuita, con gente de la periferia, algunos de la capital y otros de
zonas aledañas. Sobre un escenario montado a espaldas de un río que desemboca en
el Paraná, decenas de conjuntos tocaron con acordeón verdulera y bandoneón como
instrumentos centrales. Ninguno de los gauchos se sacó las botas ni metió sus
pies al río cuando se producían intervalos entre canción y canción. Según
cuentan los lugareños, allí hay peligrosas pirañas.
"Te acordás mi chinita..."
El famoso puente Pexoa es testigo de largas horas de intensa danza chamamecera,
año tras año, en todas sus facetas: Ganci o Triste (se baila bien lento, pecho a
pecho, con un agachado), Orillero (con influencias de tango), Caté (significa
elegante, en lengua guaraní), y Zapateado. “Tradición de Corrientes, orgullo de
la peonada, corralera bordado con lujoso tirador, guardamonte facón, calzado con
alpargata, luciendo bombacha ancha y pañuelo por su opinión”, alguien recitó
desde el micrófono.
Mientras tanto, Nerón y Ema, una pareja cincuentona de baile, tomó aire luego de
dos horas de danza sin cesar, bajo una media sombra que apenas frenaba los
intensos rayos solares. Al igual que la mayoría, sus vestimentas fueron zurcidas
a mano. Ella es descendiente de guaraníes, él de polacos. La mujer estaba
vestida de color negro y rojo: pollera campana con bordados de flores negras,
camisa con mangas acampanadas y varios detalles rojos. El hombre lucía de
riguroso rojo: cinto de cuero de carpincho, botas oscuras con punteras y taco de
chapa. “Nerón lleva el rojo en su ropa en honor al Gauchito Gil. En cambio yo
llevo dos colores: el rojo por el Gauchito y el negro en conmemoración al Señor
de la Muerte, quien era el cuidador del Gauchito”, enseñó Ema. A diferencia del
festival central, en la que los gauchos en su mayoría llevaban bordados a la
Virgen de Itatí, patrona provincial –incluso los músicos–, en Riachuelo la
mayoría lució los colores de los “santos paganos”.
Sin embargo, hay quienes aún siguen las tradiciones políticas desde el pañuelo.
“Están quienes llevan el celeste por el manto de la Virgen pero también están
los que llevan el colorado por el Partido Autonomista y el celeste por el
Partido Liberal”, confió Nerón antes de volver con su compañera al baile sobre
tierra seca, en un mediodía con 40º de térmica a la sombra.
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