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Bajo el sol de la mañana, Liz lee las últimas páginas de un libro escrito en
inglés. Se trata de Kundalini. The evolutionary energy in man (Kundalini. La
energía evolutiva en el hombre), del reconocido yogui Gopi Krishna. De golpe se
incorpora y saluda con la mano en alto a Belén, una de sus mejores amigas de
Rosario, que se pasea por la orilla y la acompaña en sus días de descanso en
Paraíso de Mar, la casa que su mánager, Pancho Dotto, tiene camino a José
Ignacio. “Belu es una de esas amistades que se mantienen y que cada vez aprecio
más.
Esos vínculos que tienen que ver con valores del barrio: la sinceridad, la cosa
sin vueltas, la transparencia”, asegura la modelo y actriz Liz Solari (27),
quien en febrero de 2010 vivió el “momento más doloroso” de su vida. Su novio
Leonardo Verhagen, también modelo, murió en sus brazos víctima de un paro
cardíaco.
–¿Cómo lograste sostener los valores del barrio en un mundo tan
competitivo como el de las modelos?
–Desde que arranqué, a los 17 años, tuve muy en claro que ser modelo
era un trabajo. Siempre traté y trato de volver a mi mundo más cercano, el de
mis padres, mis amigos de toda la vida.? Jamás entré en competencia con nadie y
supe que lo que hacía era un personaje: el de la chica de tapa, el de la diosa
sexy.
–¿Nunca te la creíste?
–Mis padres lucharon y pusieron mucho esfuerzo para tener lo que tienen
hoy y para ser la familia unida que somos. Mi viejo siempre dice que él era un
jugador de fútbol medio pelo, que se rompía el lomo para llegar a conseguir lo
que lograban otros, y esas cosas son las que me ayudan a tener los pies sobre la
tierra y conservar un perfil bajísimo.
–Un perfil que se fue elevando con tus logros profesionales y con la
participación que tuviste en “Bailando por un sueño”...
–Sí, claro. Creo que nunca estuve preparada para entrar a “Bailando...”,
y si lo hubiera racionalizado un 50 por ciento más, no lo hacía. [Se ríe a
carcajadas.] Yo tenía un montón de prejuicios con el programa y cuando había
visto las ediciones anteriores, me parecían extrañas las peleas, los conflictos
con el jurado. La verdad es que no me veía metida en medio de ese tornado.
Después entendí que yo podía transitar ese camino sin perder mi esencia.
–¿Cómo te llevabas con ser juzgada constantemente?
–Soy modelo y estoy acostumbrada al ojo ajeno, y ni hablar ahora con la
actuación. Ser actriz tiene que ver con exponerse, con mostrar la parte más
sensible de uno, y hay veces que por más que intentes poner tu mejor cara, no
entendés por qué pasan ciertas cosas o te agreden gratuitamente. ¿Por qué me
están pegando? Hasta que no te rozan, no dimensionás realmente cómo te pueden
afectar o lastimar.
–También te tocó atravesar los rumores sobre un romance con Marcelo
Tinelli.
–¿A quién no? ¡A todas! Nunca me hice cargo de los rumores porque una
semana decían que yo salía con Marcelo y a la semana siguiente hablaban de otra.
Jamás me enrosqué.
–Champs 12, tu primer protagónico en televisión, no fue del todo exitoso.
–No resultó en Argentina, pero yo sabía la proyección internacional que
tenía el programa y por eso acepté hacerlo. Era la forma de que me vieran.
–¿Lo viviste como un fracaso?
–Para mí fue alucinante: aprendí a estar en un set diez horas por día,
trabajando bajo presión, con actores de primera. Fue una escuela intensiva y
encima me pagaban. Champs... me llevó a Italia y España en viajes promocionales
y ahí decidí quedarme a estudiar actuación en Londres.
–¿Por qué elegiste Londres?
–Yo necesitaba un tiempo de tranquilidad y silencio. Audicioné a distancia para
la Central School of Speech and Drama y quedé seleccionada para hacer un máster.
Dije: “Entonces debe ser esto lo que tengo que hacer”, y me quedé diez meses
allá. No había carrera ni nombre que me identificara, me sentí la mujer más
feliz del mundo viviendo en pleno anonimato. No podía estar más cómoda. Soy una
agradecida de salir a la calle y que me reconozcan y me saluden, pero fue muy
liberador para mí que nadie supiera quién era, qué edad tenía ni de dónde venía.
Las relaciones pasan por otro lado, sin prejuicios, sin velos, sin cargas
pasadas, y eso se agradece. Allá era dueña de un espacio y un tiempo en los que
yo podía invertir para actuar, para tomar clases. Fue muy sanador para el
momento que yo estaba atravesando.
–¿Te referís a la muerte de tu novio?
–Sí, fue lo más doloroso que me pasó en mi vida, un antes y un después como
nunca me había tocado vivir. Se produjo un cambio interno tan profundo en mí que
es imposible ponerlo en palabras. Me cambió la forma de ver el mundo y también
mi paso por esta vida.
–¿Cómo hiciste para que el dolor no te paralizara?
–Entendí que el dolor hay que atravesarlo y que cada uno, “yo como su novia, su
familia y sus amigos” tenía que vivir el dolor con las reacciones, los tiempos y
las herramientas que cada uno tuviera. Me fui poniendo una meta diferente cada
día y todo el tiempo intenté tomar lo que me pasó de la mejor manera posible,
más allá del tremendo dolor que estaba sintiendo. Siempre aposté a rodearme de
amor: primero me quedé con mis padres en Rosario y después me recluí en el campo
de Pancho [Dotto], mi mánager, en Entre Ríos. Tuve que esforzarme para entender
que la vida continuaba y que frente a determinadas situaciones uno no puede
hacer nada. Resistirme al dolor es lo peor que pude hacer. Hoy siento que tengo
que seguir adelante. A los dos meses de la muerte de Leo intenté volver a Buenos
Aires, pero me di cuenta de que no estaba equilibrada emocionalmente como para
exponerme. Ahí dije: “Necesito un nuevo lugar, un nuevo proyecto”. Entonces me
fui a Londres.
–¿En algún momento te preguntaste “por qué a mí”?
–Nunca me enojé con la vida. Después que pasó el momento del shock, en que uno
no termina de entender qué es lo que está sucediendo, me di cuenta de que
preguntarme “por qué a mí” no me estaba funcionando y podía pasarme la vida sin
encontrar una respuesta. Pude pasar a otra pregunta más saludable: ¿para qué?
¿Qué es lo que tenía que aprender con esto? Siento que renací para empezar a
vivir desde otro lugar. Aunque suene a frase hecha, cuando la vida te golpea
feo, te das cuenta de lo pequeño y frágiles que somos frente a la fuerza del
universo. Todos podemos resultar prescindibles de un día para el otro. Hay que
hacer sin pensar en el pasado ni en el futuro, sólo el ahora es válido.
–¿Tenés ganas de volver a enamorarte?
–Todas mis historias de amor se dieron sin buscarlas y seguramente lo que venga
será de la misma manera.
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