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El fútbol está mostrando las costuras mal cerradas del
proceso político en Egipto, donde un simple cotejo acabó el miércoles en una
descomunal pelea entre hinchadas y posterior estampida que saturó las tribunas y
los pasillos de escape. Ayer, mientras continuaban llegando a la morgue algunos
de los 71 muertos en la cancha, El Cairo era un nido de rumores y denuncias
sobre la instigación de los disturbios. Las sospechas apuntaban a las mafias
locales del deporte y a su alianza con la camarilla militar que controla el
poder y mira con recelo los reclamos de libertad de la mayoría de la población.
El último episodio de este cuadro que se agrava se vivió ayer, cuando miles de
manifestantes fueron gaseados en la histórica plaza Tahrir de El Cairo por la
policía mientras protestaban contra la junta militar que reemplazó al destituido
presidente Hosni Mubarak, en febrero de 2011, y contra la violencia en el
estadio de Port Said, que también dejó un millar de heridos. El ministerio de
Interior dijo que hubo 47 arrestados y la represión fue violenta, con al menos
300 lesionados de distintas consideración. Algunos analistas vieron en estos
choques un probable anticipo de una nueva ola revolucionaria.
Ayer, el jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, Mohamed Hussein
Tantawi, uno de los más cercanos al autócrata Mubarak que gobernó por 30 años,
decretó tres días de duelo. También prometió que encontrará a los culpables de
la masacre de Port Said, cuando la hinchada del local Al Masry se trabó en una
infernal batalla campal con sus adversarios de Al Ahly, el más popular del país,
que perdió el encuentro. Los choques, y la posterior estampida de aterrados
espectadores, ocurrieron ante la mirada indiferente de 3.000 miembros de la
policía, que en cambio apaleó a destajo a manifestantes durante la revuelta
popular contra Mubarak, entre enero y febrero de 2011. Al mismo tiempo, el
gobierno echó al gobernador de Port Said y a los mandos policiales responsables
del estadio local. También descabezó a la cúpula de la Federación Egipcia de
Fútbol .
Pero ninguna de esas medidas acalló las sospechas de una “mano invisible” como
promotora de los incidentes, según la sugestiva metáfora de los Hermanos
Musulmanes, la principal fuerza opositora. La idea es que el estímulo para la
matanza provino de los partidarios de Mubarak, deseosos de castigar a los
seguidores del equipo cairota Al Ahly tras su importante participación como
fuerza de choque durante las manifestaciones contra el régimen de hace un año.
La oposición sospecha que los militares están incitando deliberadamente al caos
en Egipto para obligar a la población a “mantenerlos en el poder” como la única
garantía contra el desorden. También afirman que los incidentes son un intento
de revivir las “leyes de emergencia” que sirvieron para la feroz represión de
Mubarak contra sus rivales, parcialmente abolidas en enero y que datan de hace
tres décadas.
“Lo que ocurrió en Port Said no fue una mera coincidencia, dado que pasó un día
después de que el ministro hablara de la importancia de las leyes de
emergencia”, aseguró Zyad al–Aleemi, un joven abogado que integra el movimiento
juvenil que impulsó la revolución desde la plaza Tahrir. “Es lo último de una
serie de acontecimientos planeados para castigarnos por la revuelta contra
Mubarak”.
Seguidores del equipo local de Port Said, en tanto, declararon que entre los
suyos se detectó la presencia de “infiltrados” que tuvieron un papel fundamental
en el inicio de los disturbios.
Está previsto que haya elecciones presidenciales a fin de junio. Pero el
movimiento de oposición a los militares se pregunta ahora si el Consejo Supremo
puede garantizar comicios sin violencia tras la masacre en el estadio. La cabeza
del consejo militar gobernante, el mariscal Tantawi, fue tajante: “Estamos
avanzando según lo planeado”, comentó, aludiendo a la promesa de la junta de
entregar el poder al presidente electo. Una inmensa mayoría quiere saber si eso
es cierto.
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