El otro lado de la Luna: los secretos de la misión Apolo 11

La mayoría de los secretos que rodean la misión espacial del Apolo 11 que puso al primer hombre en la luna, se conocieron cuando los astronautas volvieron a la tierra. Algunas de esas cosas que pasaron no las conoceremos nunca, pero otras sí han trascendido y hacen aún más cautivadora la hazaña de 1969.

El piloto de la misión, Edwin Aldrin, a punto de pisar la Luna.



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Y un día, todos juntos, hombres, mujeres y niños, nos pusimos a mirar la Luna -nuestro cliché más consentido, la dama absoluta en la iconografía del espacio exterior- buscando el módulo Eagle: algo parecido a un bichito asimétrico lleno de patas y protuberancias, una especie de broma en el cosmos que vendría a validarnos la idea de que para los seres humanos todo, principalmente los sueños, era posible.

Pasaron 50 años de la proeza de la misión Apolo 11. Sobran anécdotas, las magnánimas y las sencillitas. Porque a todos nos movilizaba algo en esa década rebuscada y enérgica de los 60 -una promesa, grandes esperanzas, el magnicidio, una desilusión, la píldora, Vietnam, Give Peace a Chance, otro magnicidio, una nueva desilusión-; y todos queríamos algo mejor cuando ese punto de inflexión logrado por Armstrong, Aldrin y Collins atravesó como un rayo la historia del siglo XX.

¿Qué sentido tenía ir a la Luna cuando había tantos problemas que resolver en la Tierra? Casi 400 millones de páginas en internet explican por qué, en tiempos de Guerra Fría, la Luna se convirtió en el juguete más deseado y en el máximo capricho de las dos potencias del momento. Mínima, apenitas humilde es entonces cualquier pretensión de querer recordar la gesta y sus derivaciones a través de sus detalles más olvidados o curiosos.

Apolo 1 fue una tragedia: el módulo se incendió durante la fase de pruebas en tierra y murieron asfixiados sus 3 astronautas. Las misiones siguientes, tripuladas o no, alejándose más o menos de la órbita terrestre, fueron ensayos. Pero el Águila -Eagle- posada sobre la Luna, un hombre bajando por una escalerita para dar un paseo, y la Tierra chiquitita, del tamaño de un pulgar, allá en el fondo del espacio., eso fue otra cosa. Era tan improbable tener éxito, tan pretensioso e inseguro aspirar a llegar a ella y caminarla, que en la NASA no estaban muy seguros de a quién mandar. Michael Collins contó hace pocos días que, como no había atmósfera, en la fase de proyecto se evaluó incluso la posibilidad de enviar escaladores de alta montaña, más acostumbrados a lidiar con la falta de oxígeno.

El 22 de abril de 1969, Aldrin y Armstrong prueban las herramientas que usarán un mes más tarde.


La llegada del hombre a la Luna fue seguida por 600 millones de personas, la quinta parte de la población mundial de entonces. Clubes de barrio, casas de vecinos, edificios públicos... Salvo en China y en el Bloque Soviético, ahí donde hubiera un televisor, había gente mirando la transmisión. Las imágenes llegaban desde una estación terrestre en Canberra, Australia, con apoyo de otra estación en California y otra en Fresnedillas de la Oliva, un municipio a 55 kilómetros de Madrid. Juntas partían los 360 grados de la esfera terrestre en tres husos para que, a pesar de los movimientos de rotación de la Tierra y de la Luna, la conexión con la nave fuera constante. La NASA había llegado a España a instalar una de sus gigantescas antenas de seguimiento cinco años antes. Contrató personal español, que buscó mediante avisos clasificados. Los requisitos eran de difícil cumplimiento en aquella época, en esa región: inglés americano fluido y nociones de ingeniería informática, cibernética o electrónica. Los datos que mandaba Houston a la nave y viceversa pasaban primero por los equipos de Fresnedillas de la Oliva, con lo que se producía un delay en las comunicaciones de 1,7 segundos. Fue en este pueblo agrícola de 400 habitantes, cuyo principal atractivo desde su período prerromano es la celebración anual de la Fiesta de la Vaquilla, en donde se escucharon antes que en cualquier otra parte del planeta las palabras de Armstrong: "Houston, aquí Base de la Tranquilidad. El Águila ha alunizado".

Llegar a la Luna suponía construir el más grande cohete jamás imaginado. Saturno V, la potente máquina que propulsaría al espacio una nave espacial con 3 seres humanos, medía 111 metros de largo, 18 metros más que la Estatua de la Libertad, y tenía 10 metros de diámetro. Cabo Cañaveral no tenía infraestructura para desarrollar semejante pieza de ingeniería, con lo que se compraron tierras en Merritt Island, Florida, una zona prácticamente deshabitada y con buenas condiciones meteorológicas todo el año, para construirlo ahí. El centro se llamó Launch Operations Directorate y cambió su nombre a Kennedy Space Center una semana después del magnicidio de Dallas.

Barajadas las posibilidades, la mejor opción era lanzar este único cohete, compuesto por varias partes que irían entrando en ignición y se irían desechando en el cosmos conforme avanzaba el ascenso. Saturno V llevaría dos naves: una nave nodriza o módulo de mando -Columbia- que se quedaría orbitando alrededor de la Luna atenta al momento del regreso y un módulo para el aterrizaje en su superficie -Eagle-. Era tan violenta la energía que se debía generar para el despegue del cohete que la carga de combustible duró 6 días. En el momento en que Jack King -responsable de relaciones públicas de la NASA- concluyó la histórica cuenta regresiva y Saturno V dejó la plataforma, sus motores consumían 15 toneladas de combustible por segundo. Los invitados al lanzamiento fueron ubicados a 6 kilómetros de distancia: es que si sucedía una tragedia, fragmentos de 45 kilos podían volar a 5 kilómetros de distancia.

Todos los astronautas de las misiones Apolo entrenaron en campos de cráteres y ceniza volcánica ubicados en Flagstaff, Arizona. En ese terreno análogo a la superficie lunar, practicaron aterrizajes y recibieron instrucción en geología, ciencia astronáutica y mapeo lunar. La zona volcánica de Cinder Lake fue literalmente volada para recrear en escala 1:1 el sitio exacto de alunizaje de la Apolo 11. Fue luego de esta misión que se pensó en darles a los astronautas vehículos para que pudieran desplazarse por la superficie de la Luna. Boeing ganó el contrato para desarrollar los Lunar Rover, pequeños buggies que sirvieron de apoyo en los últimos tres viajes. Tenían que ser simples y livianos, fáciles de descargar y de usar con trajes espaciales, resistentes en temperaturas de entre -153°C y 123°C y aptos para andar en pendientes de hasta 25°. Rusos y chinos también usaron moon rovers para mover su ingeniería por la Luna en misiones no tripuladas.

Armstrong y Aldrin estuvieron 21 horas, 36 minutos en la superficie de la Luna. En ese tiempo, la caminaron, descubrieron una placa con una inscripción, plantaron la bandera estadounidense, instalaron un sismógrafo para seguir desde la Tierra su actividad sísmica, intentaron tomar una siesta y hablaron con Richard Nixon: "Hola, Neil y Buzz, les estoy hablando desde el despacho oval de la Casa Blanca (...) Gracias a lo que han conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres (.) En este momento único en la historia, todos los pueblos de la Tierra forman uno solo. Rezamos para que vuelvan sanos y salvos". Si no lo lograban, Nixon también tenía unas palabras. Las escribió el periodista William Safire, de su equipo de discurso, y trascendieron en 1999: "El destino ha ordenado que los hombres que fueron a la Luna a explorar en paz permanezcan en la Luna para descansar en paz. Estos valientes hombres, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, saben que no hay esperanza para su recuperación. Pero también saben que hay esperanza para la humanidad en su sacrificio. Ellos están dejando sus vidas en el objetivo más noble que pueda haber: la búsqueda de la verdad y la comprensión".

Neil Armstrong, en el centro de operaciones de Merritt Island, Florida.


Mientras Armstrong y Aldrin dejaban sus huellas, Collins daba vueltas a la Luna a bordo del Columbia. Cada hora y media, durante 47 minutos, atravesaba su cara oculta y perdía la comunicación con Houston y con Eagle. A 100 kilómetros de altura, esperando que sus compañeros terminaran de caminarla, se preguntaba si los volvería a ver. "Mi terror secreto era tener que dejarlos y volver solo -contó-. Recuerdo que pensé: 'Si no consiguen salir de la superficie, no me suicidaré, voy a volver a casa, pero seré un hombre marcado por el resto de mi vida'". Hoy, con 88 años, en días intensos de homenajes y celebraciones, confiesa: "¿Si me dieron el mejor asiento en la misión? La respuesta es no. ¿Si estaba feliz con la tarea que me encomendaron? Absolutamente. Yo era su ticket de regreso a casa".

Eagle y Columbia se acoplaron con éxito y la vuelta estaba asegurada. Lo hicieron mientras orbitaban alrededor de la Luna, después de horas de tantear, lenta, milimétricamente, el instante preciso para el ensamblaje. Parte del mérito de este hito clave fue de Katherine Johnson, una científica y matemática que había trabajado en el programa de retorno un promedio de 14 horas por día durante varios años. Una de sus misiones en el Centro de Investigaciones Lagley de Virginia era calcular el momento puntual en el que el módulo Eagle debía abandonar la Luna para que su recorrido coincidiese con la órbita de la nave Columbia y pudieran así encontrarse. La señora Johnson, una calculadora humana que desde niña contaba los platos que lavaba, las baldosas que pisaba de camino al colegio y las estrellas que veía cada noche, hacía un trabajo artesanal, tedioso y algo desagradecido que hoy puede hacer cualquier programa de computación más o menos sofisticado.

Pasar de un módulo a otro les llevó varias horas. Básicamente, por la gran cantidad de muestras que juntaron para traer a la Tierra. Según la página de curaduría y adquisición de astromateriales de la NASA, a lo largo de seis misiones Apolo vinieron de nuestro satélite 382 kilos de rocas lunares, arena y polvo recogidos en seis sitios diferentes. A esto se le suman otros 300 gramos que juntaron naves rusas no tripuladas. Nixon obsequió pedacitos de Luna a decenas de presidentes. A Juan Carlos Onganía le mandó cuatro piedritas acompañadas por una bandera argentina que también había viajado con los astronautas en el Columbia.

La pieza de ascenso del Eagle quedó abandonada por allí y hoy forma parte del montón de basura cósmica que los hombres fueron dejando en el espacio a lo largo de las décadas. Sucede que el protocolo es estricto: sí o sí deben volver a la Tierra con poco peso. En la Luna específicamente dejaron 187 kilos de objetos de todo tipo, entre los que pueden encontrarse: un disco con mensajes de buena voluntad microminiaturizados de líderes de 73 países, incluida Argentina; el famoso mensaje: "Aquí, hombres del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna, julio de 1969 dC. En nombre de la humanidad, vinimos en son de paz"; medallas en honor al héroe nacional ruso Yuri Gagarin -primer hombre en navegar el cosmos- y a los tres héroes de Apolo 1; seis banderas de Estados Unidos; dos pelotas de golf con las que Alan Shepard jugó un par de hoyos durante Apolo 14; los restos de 71 robotitos espaciales; fotos, palas, rastrillos y martillos; casi 100 bolsas con desperdicios, envases de comida, orina y heces; 12 pares de botas; una rama de olivo en oro fundido; una biblia y varias cámaras de televisión. Edgar Mitchel, de la misión 14, fue el único que desoyó la orden de la NASA y volvió a la Tierra con una cámara. Su excusa fue que no había tenido tiempo para sacar de su interior la película. En 2011, el gobierno de los Estados Unidos le inició una demanda por habérsela quedado ilegalmente y por tratar de venderla a través de la casa de subastas inglesa Bonhams en 60 mil dólares. Llegaron a un acuerdo y la cámara terminó en el National Air and Space Museum de Washington. Quedaron en la Luna, también, las cenizas de Eugene Shoemaker, uno de los más grandes geólogos norteamericanos y el padre de las ciencias planetarias. Las llevó la sonda espacial Lunar Prospector en julio de 1999. En la funda de aluminio que las contiene se lee un pasaje de Romeo y Julieta: "Y cuando muera lleváoslo y divididlo en pequeñas estrellas. El rostro del cielo se tornará tan bello que el mundo entero se enamorará de la noche".

Armstrong, Aldrin y Collins amerizaron a 1500 kilómetros de Hawái, después de un viaje de 60 horas. El 24 de julio de 1969, ocho días después del despegue, los recogió la tripulación del USS Homet, un portaaviones jubilado de la Segunda Guerra Mundial. Aunque eran héroes absolutos, la NASA desconfiaba de los patógenos que pudieran haber traído y a pesar de la algarabía, debió tratarlos literalmente como a marcianos repelentes: antes de entrar en contacto con cualquier humano tuvieron que ponerse una escafandra hermética; todavía en la balsa de rescate, fueron pulverizados con lavandina; de ahí pasaron a una especie de contenedor o casa rodante y comenzaron una severa cuarentena. Durante dos semanas, convivieron con ratones blancos de laboratorio inoculados con material lunar. Si algún ratón moría, los ídolos del espacio estarían en graves problemas. "Eran tantos los ratones que no llegué a ponerles nombre -dijo Collins-. Pero se volvieron prácticamente amigos". Los roedores no desarrollaron ninguna patología y los astronautas recuperaron la libertad.

El objeto más icónico de toda la gesta fue, casualmente, la bandera norteamericana. Si flameaba o era rígida; por qué flameaba si no había viento; si fue todo un montaje hecho en un set de cine; si es cierto -como infirió muchos años después Buzz Aldrin- que durante el despegue se cayó y nunca lo contaron para no quitarle atractivo a la hazaña; si una sonda espacial la detectó hace unos años; si era de tela y ya no existe, o era de latón y sobrevive a las temperaturas extremas y a la radiación. Pero, sobre todo, quién la hizo. Una página de Facebook de muy corto vuelo, Flag4us, propuso en 2009 juntar 100.000 firmas para enviárselas a Obama pidiéndole que la mandara a buscar. El propósito: devolvérsela a María Isilda Ribeiro, la señora que la cosió. La mujer, una portuguesa emigrada de 23 años, trabajaba en Annin Flag -la histórica fábrica de Nueva Jersey que confecciona banderas casi en exclusividad para el gobierno norteamericano- cuando le encargaron hacerle los acabados a una pieza bastante curiosa. Era una bandera en tejido frágil, parecido a la fibra de vidrio, que debió ser pintada a mano porque la tinta no se le adhería. Isilda cumplió su tarea y se olvidó del asunto. Hasta que un día, llegó un periodista del New York Times, le sacó fotos a su sección y la supervisora le contó el verdadero destino de esa tela. Todo cuadraría: Annin Flagmakers lleva seis generaciones haciendo banderas distintivas, entre otras: la de la asunción de Abraham Lincoln; la que cubrió su ataúd; la de la ceremonia de apertura del puente de Brooklyn; la primera en llegar al Polo Norte; y las 186 que los astronautas llevaron a la Luna y que luego fueron distribuidas en los cincuenta Estados, en Naciones Unidas y en 135 países. Pero entonces, un día de 1989, la señora Dolores Black, costurera de Eder Flag Corporation de Wisconsin, decidió romper un secreto y salió a contar que era ella la verdadera hacedora del emblema. En una entrevista de 2009 confesó algo más: había bordado su propio nombre en una de las costuras interiores y desafió a que fueran a buscarla para que vieran que era cierto lo que decía. Dolores murió en 2015 y dejó su historia explicada en un larguísimo texto que su familia usó como obituario y que se puede encontrar en internet. La NASA nunca entró en la polémica. Mientras María Isilda volvió a Portugal y desapareció en el anonimato, Dolores estimuló su curiosa fama y la disfrutó. Hoy mismo, en eBay, por 10 dólares más gastos de envío se consigue su autógrafo, firmado con letra ñoña en un soso papelito.

Tres meses después de regresar a la Tierra, Armstrong y Collins -también la mujer de Aldrin en su nombre- vinieron de visita a Buenos Aires. Llegaron a Aeroparque en el retirado Air Force One, fueron declarados Huéspedes de Honor, se reunieron con el Presidente en Casa de Gobierno, participaron de una charla de la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales y dieron una conferencia de prensa. Se alojaron en el Hotel Plaza -toda su comitiva ocupó 30 habitaciones- y aunque la estadía fue breve y ellos no tuvieron tiempo para mucho más, sus esposas caminaron por Florida y compraron productos de cuero local.

En este momento hay en el espacio cuatro hombres y dos mujeres. A bordo de la Estación Espacial Internacional, a 400 kilómetros de la Tierra, le dan la vuelta unas 16 veces al día. Son la Generación Y de protagonistas del cosmos que están desarrollando más de 200 experimentos, incluyendo ensayos sobre cáncer. Algún día no muy lejano, serán reemplazados por civiles temerarios. Es que, a 50 años de lo que lograron los técnicos, ingenieros y astronautas de la Era Apolo, la segunda conquista de la Luna calienta motores con capitales privados y turistas multimillonarios ya quieren armar las valijas. Al resto, siempre, nos quedará la épica.



Gentileza: La Nación




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